A meritocracia e a intelectualidade cheiran demasiado a rico

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O soño da meritocracia esfúmase en cada esforzo que vexo da xente que vive fóra dos medios de comunicación. Será casualidade, pensar que o lugar onde medras decide a túa futura condición económica máis cos teus esforzos e talentos, sitúame, canto menos, na órbita do negacionismo da igualdade de oportunidades. O certo é que posiblemente sexa falta de coñecemento, moitas veces esquezo que para estudar a realidade social preciso afastarme da realidade social. Iso din os ilustrados aos que hai tempo que, por soberbia ou por supervivencia, deixei de facer caso.

A verdade, para que enganarnos, é que ningún ilustrado falou nunca da realidade que pretendo contar aquí a modo de desafogo. Son tan profesionais que nunca falaron cun pobre, a obxectividade obrígaos a tratalos como números, como casos ou como paradigmas. Entendede pois, que se a maioría somos números dos seus modernos estudos, os seus modernos estudos son para a maioría insignificantes. Probablemente iso é o máis bonito que poida dicir dos defensores dialécticos dun sistema que despersonaliza ata o infinito para tapar os berros das súas vítimas.

Utilizan palabras cultas, das que se aprenden nos dicionarios e nos ámbitos intelectuais, para crear unha propaganda espectacular e unha serie de tautoloxías que, máis por repetición que polo seu talento, acaban calando nunha opinión pública que recibe máis discursos dos que é capaz de asimilar. A golpe de titular crean verdades e crean mentiras, moito me teño preguntado se nalgún momento reflexionan sobre a responsabilidade dos seus actos.

A día de hoxe sigo sen ter unha resposta clara, pois as veces penso que viven tan afastados da realidade que pensan de verdade que os pobres merecen ser pobres por falta de esforzo , de talento e por unha vida chea de malas decisións, e outras penso que fan todo iso para roubarlle os pobres os escasos resultados dos seus esforzos.

O que teño claro é que nos seus paradigmas non aparecen dúbidas éticas como a de que, asumindo que os pobres sexan culpables da súa situación,se  o xusto sexa deixalos a súa sorte ou facer un esforzo colectivo para que poidan vivir con dignidade. Pero nos seus marcos movidos so existen as xustificacións da inxustiza, nunca deixarán que as solucións e os culpables ocupen titulares. Ese é o seu traballo, por iso cobran, e así hai que entendelo de aquí en diante.

Que as palabras traballo e cobrar non vos leven a engano, iso non os transforma en profesionais. Son mercenarios, terroristas, populistas e uns auténticos canallas. Se fosen profesionais nalgún momento farían as mesmas preguntas e as mesmas investigacións sobre os ricos e sobre porque chegaron a ser ricos. A diferenza dos pobres, estes si que teñen nome. Para estudalos hai que xuntarse con eles, non vaia ser o conto de que a obxectividade tape a súa propaganda.

Se falasen do 99% de ricos que no lugar de comezar nun garaxe comezaron no berce ou asinando unha herdanza millonaria no notario, a meritocracia sería un conto chinés. A diferenza entre un conto chinés e un conto dos gringos, con adaptación española e europea, é que o segundo hai que comelo con patacas. E non quita a fame.

Productividad. El idioma de los dioses

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Dicen que si dices la palabra productividad tres veces seguidas ante el espejo los dioses del mercado empezarán a tratarte con respeto. Dicen también que es la fórmula del éxito social, laboral y vital, un nuevo sinónimo de panacea. Incluso dicen, pero para creerse esto ya hay ser sumamente imbécil, que si eres capaz de conseguirla podrás sentarte a su mesa y disfrutar de sus comidas y de sus trascendentales conversaciones.

Si eres sumamente imbécil y crees que estás cerca de sentarte a esa mesa pensando que todo tu esfuerzo algún día valdrá la pena deberías saber que hay dos tipos de personas que te acompañan: los que son como tú, con los que tendrás que pelearte al ritmo de las carcajadas, y los que saben que eres sumamente imbécil, que fingen que le hacen gracia tus chistes pero que solo se parten de risa cuando tu sangre llena sus cuentas corrientes de ceros. Por supuesto, a la derecha.

Tu productividad es el banquete que hay en el centro de la mesa que sirves con tanto agrado. Tú pelea por fregar más platos será inútil, tu pelea por conseguir que el equipo que diriges friegue más platos será inútil y tu pelea por convencerlos de que gracias a ti todos los platos están limpios será el tema de conversación mientras sueltan su mierda en baños contiguos a la hora del postre. Con suerte podrás limpiar los restos y con más suerte podrás saborearla.  A los dioses les importa una mierda lo que hagas o dejes de hacer, con tal de que la mesa esté llena después de cada jornada.

Que un obrero busque el éxito social y vital a través de su productividad para terceros es una derrota de la clase obrera y un insulto a cualquiera que haya luchado por sus derechos laborales, pero peor es aquel que hace lo mismo apropiándose del trabajo de otros obreros para tapar su falta de conocimiento o de talento. Podréis conocerlo como aquel que pronuncia frases del estilo: “mi trabajo es conseguir que los equipos que dirijo alcancen una mayor productividad”.

Este es víctima y cómplice de su propia desgracia y, además, también es un canalla o cualquier otra palabra que pueda ser más ofensiva e ilustrativa de su falta de principios éticos. Su ambición por comer las defecaciones de los mercaderes del templo atenta directamente contra la mayor de las ambiciones, la de los que contra viento y marea buscan la felicidad propia como modelo de éxito social y vital.  

Son los más débiles de la escala, aunque no lo sabrán hasta que sea el momento porque son sumamente imbéciles. Ellos serán los primeros en sufrir la ira de los abajo cuando tomen conciencia y los abusos de los de arriba cuando la productividad baje. Ni siquiera le pertenecen sus dos únicas fortalezas: un mercado laboral abusivo y una sociedad asilvestrada. Ellas son las verdaderas artífices de la productividad como bien saben las deidades que diseñan el escenario con tanta vulgaridad como precisión. «Esto lo hacemos con el rabo», que decían los señores del puro y las putas en el reservado brindando con cava. ¿Demasiado burdo no? Pero lo hicieron a las mil maravillas.

“Poder es poder, dinero es dinero y si tengo las dos hago lo que quiero”. Tu productividad les da más poder y más dinero. Es posible que no puedas hacer nada, pero deberías saberlo para dejar de ser sumamente imbécil. Cuanto más grande sea el enemigo más difícil será cumplir la mayor de las ambiciones: vivir sin miedo y que el fruto de tu trabajo te lo comas tú en compañía de las personas que hayas querido juntar en tu mesa.

Cuenta Carlos Taibo que está muy bien eso de no dar un pescado a un pobre y sí enseñarle a pescar, pero que lo más importante que tiene que saber el pescador es que el río le pertenece.

Dame más gasolina

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Sodomízame en una cama con clavos oxidados, como si estuviese recogiendo fresas en tu campaña más productiva. Hazme tragar toda tu inflación, como si fuese un niño minero multiplicando tus ceros a base de diamantes.  Golpéame con el ladrillo o con la factura del alquiler, hazme recordar que todos mis derechos son los mismos que tenían los cadáveres apilados en la valla de Melilla.

Méteme tus facturas sin protección ni lubricantes, como si estuviese limpiando el hotel en el que mi rey se deleita con una prostituta y dime bajito en el oído lo mucho que disfrutas mientras me clavas tus axiomas. No te olvides de encender la luz mientras me degradas con tu conocimiento del mercado y de sus verdades indiscutibles, eso multiplicará tu placer y tus beneficios.

Olvídate del punto de equilibrio, soy tan tuyo que no necesito eufemismos. Hazme sudar frío con tus juguetes militares, como si fuese una periodista palestina trabajando en la franja de Gaza. A continuación, defeca sobre mi pecho tus gráficas decrecientes y pinta en mi espalda la palabra plusvalía mientras te la sujetas con tu mano invisible. Por último, oblígame a tragarlo todo junto con tu ideología, a ver si así me entero de una puta vez de que no soy clase media.

Ese día tendré por fin un motivo para quitarte la careta y quemar todas y cada una de tus sucursales sin pagar la gasolina. Mientras no llega os seguiré votando en vuestras elecciones periódicas, que para algo fui a la universidad y sé que puedo cambiar las cosas sin renunciar a tomar una caña con unas olivas de vez en cuando.

Si me quieres encontrar, ya sabes mi paradero. En la Plaza del Sol, prímera línea de terraceo.

E Paco parou o camión

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O día que Paco parou o camión Paco volveu ser Paco. O que non sabía Paco é que era de Vox e moito menos que era a patronal. Cantas cousas terían cambiado se o soubese, pero o pobre Paco era un simple traballador alienado e un pouco imbécil. Tantas horas na cabina escoitando a COPE fixeran del un animal sen conciencia e completamente manipulable. Antes diso fora un heroe, hai que ver o que cambia a vida en menos dun ano.

Paco, na súa ignorancia teledirixida, solo quixo ser Paco, como se tivese ese dereito. Por iso parou o camión. O que non sabía Paco é que no momento no que el volveu ser Paco, os despachos deixaron de ser despachos, a economía deixou de ser unha ciencia e a política viuse obrigada a escoller entre os que explotan e os explotados.

Primeiro acordaron cos oligopolios enerxéticos e financeiros. Logo chegou a vez da patronal e representantes sindicais, que chegaron da man a xuntanza, e, por último, sentáronse coas distribuidoras. Entre toda a representación social decidiron que había que mover os camións por responsabilidade e sentido de Estado, pero, demasiado acostumados a coches oficiais, ningún dos que alí falaron tiñan carné para poder conducilos. Todos estaban dacordo en que o culpable era ‘el puto Paco’, pero como Paco non foi a reunión non percibiu os agravios.

Paco era un imbécil alienado que non sabía que na carga do seu camión ían todos estes comisionistas que viven do traballo alleo. O día que parou o camión Paco volveu ser Paco. O ‘el puto Paco’. Pero Paco.

Economía insatisfecha

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Se folló a la economía. Ella lo iba pidiendo a gritos con sus sugerentes axiomas y sus atrevidas tautologías. Él, su siervo más fiel, se puso cachondo nada más escuchar sus discursos. Las bajadas de salario por los crecimientos negativos le ponían palote y el clímax le sorprendió cuando escuchó la palabra liberalismo. Toda la vida soñando con las curvas de la oferta y de la demanda para que, una vez llegado, el momento durara tan poco. Si hubiera pensado en la subida del salario mínimo quizás todo fuese más lento, pero la emoción era tanta que se le fue de las manos.

La economía ni disfrutó. No llegó ni a los preliminares, se quedó con las ganas de liberar el despido. Ni tan siquiera alcanzó la rescisión del contrato, la pobre tuvo que conformarse con el final del periodo de prueba. No se puede ser tan cachonda, pensaba mientras dibujaba números de mentira en una pizarra imaginaria.

Conciencia

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Xa está, unha vez aquí non hai volta posible. O punto máis álxido do meu pensamento estase a converter na nada máis absoluta. As dúbidas desaparecen ao mesmo ritmo co que as certezas enchen de aire os intestinos dunha sociedade famenta, da que, por fortuna ou por desgraza, non atopo xeito de despegarme sen deixar atrás todo o que son. Nin tan sequera sei se quero facelo, a día de hoxe esa é única dúbida que viaxa pola miña cabeza.

Os  meus coñecementos de cómo nos dominan poderían, chegado a un punto, axudarme a facer o mesmo cos meus semellantes, a fin de contas niso se basean os contidos que proporcionan os estudos na rama das ciencias sociais. Polo momento soamente serven para activar a conciencia, para facer evidente que cada discurso en nome da liberdade acurta a cadea que ata os meus pés e limita máis os meus movementos.

O imaxinario colectivo fala de oportunidades infinitas pero non entende a importancia dos dereitos máis básicos. As consecuencias son nefastas: nin dereitos, nin oportunidades. O noso esforzo, o noso talento e a nosa ilusión multiplican os números das contas dos paraísos fiscais e abanican aos deuses que fuman os puros en primeira liña dunha praia que aínda non contaminaron. A súa tea de araña atrapa todos os soños artificiais que eles mesmos inocularon mentres nos adormecían coa doce nana do progreso e do ascenso na pirámide social. A riqueza, pese a todos os contos que circulan na economía, é un xogo de suma cero e se os recursos son finitos todo o que un acumula faino limitando os recursos dos outros.

A lóxica de poder é, por tanto, a mesma que se repite ao longo da historia. Os poderosos deben darnos o suficiente para que non saquemos a guillotina ao centro das prazas pero nunca o necesario para que aumentemos a nosa autonomía como individuos de pleno dereito. Se nos soben o salario mínimo, recuperan os cartos coa subida da luz. Se aforramos o suficiente para mercar unha vivenda e non ter que pagar peaxe en forma de alugueiro, o banco subirá o prezo dos tipos de interese. Se producimos o noso propio alimento para non financiar un sistema absurdo que produce o que comemos na outra punta do planeta, o Estado porá todas as trabas posibles para que non nos sexa beneficioso economicamente. Por suposto, en nome da nosa seguridade e do noso benestar, se non fose por tan amplos protocolos poderiamos chegar a contaminarnos con carne mechada vendida nalgún comercio local, cando, sen dúbida, envelena moito mellor a mercada no supermercado.

É tan simple de entender, que vense obrigados a  inventar novos conceptos e argumentos cada día para facernos sentir ignorantes e que dubidemos dos nosos propios sentidos. Exemplos abundan, comezando polo famoso crecemento negativo e rematando por dicir que se melloran as condicións laborais dos empregados aumentará o desemprego. A realidade é que cando o traballo é precario ten que haber inevitablemente unha alta taxa de desemprego sistémica, porque en caso contrario ninguén traballaría por menos do que precisa para vivir, e tamén que o único que fai mellorar a unha sociedade é aumentar o poder adquisitivo da maioría social. O famoso ‘non deixar a ninguén atrás’ que tan ben entenden as familias ás que rouban todo o posible.

 Se desaparece a parte baixa da pirámide desaparece a pirámide e, a estas alturas, o deserto é moito máis atractivo que soportar co meu lombo a xente que xoga a viaxar ao espazo co meu esforzo, a ‘bribones’ que xogan a ser mariñeiros cunha muller en cada porto pagada cos meus impostos, a xuíces que cobran por debaixo da mesa ou a desgraciados que din que subirme 15 euros o salario arruinaría as súas empresas. E xa, de xeito totalmente persoal e con ánimo de ofender, ao Gobernador do Banco de España que non veu nada raro no rescate á banca que nos estafou a todos pero que ve perigoso para economía que todos poidamos levar unha vida digna. Así se estampen, din na parroquia. E din ben.

 Como dixen antes, négome a ser coma eles. O problema é que unha vez a conciencia fala cun mesmo a contradición vital comeza a ser insostible e a saída está oculta por unha masa idiotizada con plástico e fantasías de poder. Neste punto é demasiado complicado distinguir entre vítimas, culpables e cómplices. Para que serve a conciencia entón? Pois para ver a cadea e para intentar poñerlle cara a quen a fabrica. Se non se estampan, algún día haberá que estampalos.

Liberdade para calar

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O vocabulario era tan complicado de entender que non sei contar cantas persoas perderon a voz naquel día. Sospeito que nunca chegaron a perdela de todo e que non usala foi unha decisión consciente, a fin de contas sempre queda un oco no que un pode manifestarse libremente. Digamos que escolleron o silencio.

Por suposto, eu tamén calei. Podo dicir sen presumir, que son un dos mellores alumnos da escola do silencio. Doulle tanto valor as miñas palabras que voluntariamente decido que non se mesturen cos ecos de quen non ten nada que aportar. Nin as comparto, nin as vendo, nin fago nada con elas, simplemente gárdoas.

Onde eu as teño nunca poderá chegar o mercado para comelas, masticalas e escupilas como propaganda, negocio ou xustificación das súas atrocidades. Quixera protexer máis cousas, por pequenas que fosen, para afastalas da dieta dun comensal insaciable, pero sen axuda non podo facelo e, como non falo, tampouco podo conseguila. Hai tantos ecos e tantos despistes no camiño que sei que perdería as miñas palabras antes de conseguir nada.

Aquel día gardei algunhas palabras máis, ao ver a liberdade violando a un pobo. Probablemente fose un bonito eufemismo, eu ben sei que non era a liberdade e que eran os ricos. Eles tamén gardan as palabras, pero no lugar de calar, usan outras máis bonitas. Esas, as máis bonitas, son as que nos rouban cando non gardamos silencio.

Son libre para calar. Quixera selo para máis cousas.

Cuando se acabe el mundo

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El mundo se acaba, y con él también lo hace la economía. Nunca sabremos quién tuvo la culpa, aunque yo tengo unas sospechas que seguiré guardando en un cajón de madera con llave de titanio. Una cosa es que se acabe el mundo y otra muy distinta es que se acabe la economía, pobre de mí cuando se entere el más místico de todos los dioses.

Yo no lo sé, por falta de experiencia, pero sospecho que cuando el mundo se acabe la luz seguirá subiendo por no sé qué y no sé cuanto de una subasta mayorista y un déficit tarifario que, como las operaciones matemáticas de la infancia, tiende a infinito.

Repito que no sé mucho pero sí tengo memoria, ya he visto subir la luz porque llueve y porque no llueve, porque hay viento y porque no hay viento y porque hace sol y porque no hace sol. Todas y cada una de las veces sale un trajeado a explicarme que no entiendo la factura porque es un mercado complicado. Cuando el mundo se acabe igual me atrevo a poner todo lo anterior en el diccionario como sinónimo de estafa, incluso al trajeado que acumula mis ceros, y los de mi gente, en su cuenta corriente.

Dicen que hay tres expresidentes y veinte exministros sentados en los consejos de administración de las grandes eléctricas, quiero pensar que desde su sillón se ofenden mucho y ponen el grito en el cielo cuando se reparten los beneficios. Alguno, en un calentón, puede llegar incluso a poner un tweet. Cuando el mundo se acabe diré que lo hay que hacer es dejar de pagar y colgarlos de un poste como aviso a navegantes. Lo diré cuando no haya policías, porque cuando el mundo se acabe, no tendrán quién los proteja.

También estoy convencido, en esto sí que tengo experiencia, es que cuando el mundo se acabe el mercado inmobiliario dejará de llamarse mercado y pasará a llamarse expolio. Para explicarlo recurro a Paco: Paco trabaja para un banco a cambio de un salario. Paco alquila una casa, curiosamente del banco, y paga la mitad de su salario. Paco depende del banco para comer y para vivir con lo justo, sin poder ganar autonomía de ningún tipo. Podría decirse que Paco es un esclavo que está cobrando la mitad de su salario y también que todos somos Paco frente a los fondos de inversión que gobiernan la economía. Cuando el mundo se acabe empezarán a tener nombre, apellidos y dirección. Si existiese la justicia el mundo se acabaría antes para ellos que para Paco, por eso de un último placer terrenal antes de la nada.

Cuando el mundo se acabe también lo harán el petróleo, la droga, las armas, los diamantes, el oro y muchas otras cosas más que ya acabaron con otros mundos. Cuando les toque a ellos conocerán la impotencia y la injusticia que llevan produciendo a lo largo de los siglos y sabrán que nada les pertenece. Yo no sé si el mundo se acaba por ellos, solo sé que ellos ya han acabado con el mío y que la venganza, tan denostada por las religiones que nos adoctrinan, es muchas veces, a los hechos me remito, más justa que las palabras de una toga. Esto también lo diré cuando acabe el mundo,por el momento solamente lo pienso.

¿Cuál es la solución? Yo la tengo clara, no pagar diezmo, pero hasta que se acabe el mundo no lo voy a decir, no vaya a ser que se enteren. ¿ Y si tanto miedo tienes para que lo escribes? Porque cuando se acabe el mundo nadie leerá estas palabras.

Mientras dura, tampoco.

Identificados sen identidade

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Non saben quen son e non queren sabelo, como se fose un motivo do que sentir vergoña. Renuncian a ser para parecer e sorrín na última foto como se non facelo fose o oitavo pecado capital. Os hologramas dos seus ídolos dixitais configuran a súa relixión e moven montañas para obter dos demais a aprobación que necesitan para inmortalizar un novo momento.

Mastican plástico e vomitan asfalto a cambio da falsa promesa dunha vida chea. Sen sabelo, aí a derrota, van agasallando a súa enerxía aos despachos que deciden os seus gustos. Planos, dilixentes e disciplinados cumpren un conxunto de normas absurdas de xeito proactivo, nunha carreira infinita cara a nada máis absoluta. Canto máis baleiros, máis rápidos e canto máis rápidos, máis enerxía producen.

Odian, toleran e desprecian a partes iguais, con parámetros de pensamento tan baleiros como cambiantes. O último titular consumido convértese automaticamente no seguinte que van emitir pola súa boca. Son soldados perfectos da maquinaria que aplasta a realidade. Son fillos do formigón, túmbanse no chan para que a roda pase por riba deles e piden perdón se a roda non xira ben cando lles aplasta a cabeza.

Sen sabelo, como se fose un motivo do que sentir vergoña, soñan espertos con subirse á roda porque nela viaxan da man a liberdade e a felicidade. Eles non o saben, pero son soldados e na guerra non se coñecen eses conceptos. A vida está fóra e, por se chegase a ser un motivo de vergoña, renuncian voluntariamente a buscala. Alá eles. Eu sigo escapando.

Mentres escapo, penso. En que? Non vos importa moito, ficade tranquilos que xa hai tempo que deixei de pensar en parar a roda. Como din na parroquia: «así se estampe».

La libertad

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Mi libertad es una quimera,
el anhelo de vivir con menos obligaciones
y con menos ataduras.
Mi libertad es la ausencia de miedo y de odio.
Escapar de la rueda del mercado
o de la rueda del tanque.

Mi libertad es un domingo de monte
y el partido de fútbol con los amigos.
Un espacio de ocio sin consumo.
Mi libertad es su sonrisa,
el ladrido de un perro
y el canto del pájaro
que come las fresas del invernadero.
También lo es el canto, nada alegre,
de quién se caga en el pájaro.

Mi libertad es una comida de fin de semana,
una sobremesa con mi gente,
un baño en la playa
y un atardecer con cervecita.
Son las letras de un libro
o las piezas de un puzzle
en una tarde de lluvia.
Mi libertad es el tiempo
que dedico a estas palabras
y tiene muchísimo mérito.
Mi libertad son 10 horas a la semana.

Su libertad es pagarme menos por mi trabajo
y son 158 horas a la semana.
Una pulsera en la muñeca, jugar al golf
y fumar puros, mientras un jardinero
corta el césped por donde pisan.

Su libertad es ir a la peluquería
y estar guapos mientras me esquilman.
Cobrarme por una vivienda
más de lo que puedo ganar
dedicándoles todo mi tiempo.

Mi sangre les pertenece,
por algún motivo de dinastías, realezas y noblezas
que no alcanzo a comprender.
Hasta la sangre de Cristo les pertenece
y yo no lo entiendo.

Su libertad es su odio y mi miedo.
Son los tanques y las pistolas.
Su libertad es el mercado,
robarme los derechos
mientras saboreo una caña
en una terraza de cemento.
Su libertad no es la mía
y yo no la quiero.

La libertad es fuego.
En manos del obrero se llama huelga,
en manos del mercado se llama esclavitud.
En manos del mercado arde la selva amazónica
y se esfuman mis derechos,
en manos de la sociedad arden los palacios reales
y los despachos que juegan al progreso
en una pizarra de números.

En mi libertad no existen las corbatas
y tampoco existen los tanques.
La libertad es una quimera,
pero ya no es mi quimera.